Ese momento entre el que decides irte a dormir y en el que, por fin, cierras los ojos. Ese momento es este blog.
martes, 16 de febrero de 2016
Nunca me gustó ser una princesa. Parte I.
Sí, de verdad, yo nunca quise ser princesa, o al menos según los cánones que tiene que tener una princesa hoy en día. Me di cuenta en el colegio. Concretamente en Carnaval.
Mientras todas las demás niñas se peleaban por disfrazarse de Cenicienta, Blancanieves o la Bella Durmiente, yo quería ser Mulán, la única princesa de esa época que no esperaba ser salvada por alguien, aquella que prefería ser ella la que salvaba a los demás. Se lo mereciesen o no.
En el patio del colegio pasé por diferentes etapas.
Primero me obcequé con jugar el fútbol con los chicos, vaya locura la mía. Al principio me aburrí muchísimo, nadie me pasaba la pelota y me pasaba los recreos buscando espacios y gritando. Me cansé y así es como comenzaron a llamarme «la chupona» de una forma despectiva (igual ahora lo vería como un halago, no sé). Cuando conseguía la pelota no la perdía 'ni pa Dios' y sí, reconozco que cuando me ponía nerviosa la cogía con las manos. Empecé a marcar goles y, con ello, empecé a gustarles más que las niñas que jugaban a "papá y mamá" y no les culpo, lo mío molaba mucho más. Me empezaron a pasar el balón, incluso cuando sólo hacía falta empujarla a portería vacía. Amor del bueno.
Pero, ¿adivináis qué? Me dejó de gustar, ya no era Sara contra el mundo, así que me aburrí y decidí probar suerte en la portería. En qué momento. Ahí cada vez que se acercaban a mi área, todo el peso recaía únicamente sobre mí. Y me volví a sentir importante. Lo malo eran los balonazos. Aguantaba bien, sin llorar, pero llegó uno en la cara que, aunque pedí a Dios por favor que no se me cayera ninguna lágrima, la lágrima cayó. Ese día deje de creer en él. Ese día también apareció la frase de "flojito que es una chica". Otro golpe más, ¿de qué iban?, ¿acaso no habían visto Mulán o qué? Pasé del fútbol, y de ellos.
Me acerqué al sector de las chicas, y tras contemplar las suculentas ofertas, decidí jugar a «Las Embrujadas», al parecer, quedaba un puesto vacante de Paper. Sí, yo también me sorprendí, la del poder de parar el tiempo, nadie la quería. Vaya suerte la mía. A día de hoy, sigue siendo mi poder favorito, aunque os juro que con algunas personas intento pararlo con todas mis fuerzas,me sale siempre mal, se me pasa volando. Qué paradojas. Volviendo al tema, me sentía divinamente, cada día salvábamos el colegio de algún plan malvado. La hostia.
Me tomé muy en serio el papel de justiciera. Tanto que un día le tiraron un poco de sopa sin querer a una amiga mía, justo en el pantalón y todos empezaron a corear que se había meado. Ella era de las que se habría reído de otra persona sin dudarlo, una verdadera bicha. Estaba tomando su propia medicina, pero era mi amiga, y se reían de ella. Cogí mi plato de sopa y se lo tiré por encima a ese niño y mi yogur a la cabeza del de enfrente. Ese día me quedé sin piscina, me encerraron en casa y aprendí el significado de lealtad. Esa amistad no duró mucho más, tardé en darme cuenta poco de lo mala que era. De ahí la frase del principio, siempre me gustó salvar a los demás, se lo merecieran o no.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)